productor de sostenibilidad

26 enero 2009

El impacto del hombre coherente.

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Él mismo recoge en su propio blog la sensación que está causando en los medios españoles. Parece que todo empezó con un artículo en La Vanguardia el pasado lunes 19/01/2009:

“Lo conocen, en definitiva, cientos de miles de lectores, telespectadores e internautas que han seguido paso a paso el experimento de este vecino de Gante de 48 años: reducir al mínimo su llamada huella ecológica en el planeta durante un año. En concreto, hasta 1,6 hectáreas, el espacio que corresponde a cada ser humano para un desarrollo sostenible. La huella ecológica mide el impacto vital de una persona sobre el planeta para satisfacer sus necesidades de consumo y absorber sus residuos. Es tan desigual como la vida: 0,9 hectáreas para un indio, 9,7 si vives en EE. UU. y 5,7 en el caso de los españoles.”

El experimento protagonizado por Steven Vromman – el Hombre de Bajo Impacto (HBI)- pretende mostrar cómo sería la vida de una persona que se plantease reducir su huella ecológica hasta un límite sostenible. Esto implicaría satisfacer nuestras necesidades presentes de modo que cada habitante del planeta tener nuestro mismo nivel de vida y sin comprometer los recursos necesarios para que las generaciones futuras puedan satisfacer sus necesidades.

Acostumbrados como estamos, en esto del comportamiento ambiental, a titulares que se centran en lo anecdótico, es interesante ver que la entrevista la importancia de no quedarse en lo superficial:

“El HBI sopesa, anota y calcula la huella que dejarán cada uno de sus pasos, pero sin volverse loco: “Hay quien me pregunta qué es mejor, usar una cerilla o un encendedor… Es irrelevante, lo importante son los cambios de verdad”, comenta. Los mayores ahorros de energía los ha logrado renunciando al coche en favor del transporte público, bajando la calefacción y aislando suelos y ventanas.”

Otro aspecto a destacar es que Vromman no está reduciendo su huella ecológica a base de renunciar a la tecnología:

“Tiene ordenador, móvil y un reproductor de música que se carga a mano, porque “ser un HBI no significa volver a la edad media”, explica mientras saborea una taza de té en su casa, un loft de 80 metros cuadrados en una antigua fábrica donde el termómetro rara vez sobrepasa los 15 º C.”

Las mayores reducciones de su huella ecológica vienen de renunciar a ciertos convencionalismos sociales que aumentan nuestra huella ecológica de forma insostenible. Por supuesto, no podríamos vivir infinitamente reutilizando ropa, pero podríamos plantearnos si merece la pena alardear de modelito nuevo cada temporada:

“Compras, las justas. Nada de ropa nueva. Desde mayo, sólo ha adquirido un pantalón de segunda mano y unas zapatillas para correr. Un estilo de vida, sin duda, más barato y que deja menos residuos. La rebaja en el consumo de agua ha sido brutal: sólo abre el grifo para beber y cocinar. No se ducha. Se lava con agua de la lluvia, sin gel ni champú. “¿Nadie lo diría, eh?”. Pues no… “El champú altera el equilibrio natural de la piel. Cuando dejas de usarlo, lo recupera. Pero me lavo con agua y jabón, y uso pasta de dientes”.”

Otra cosa curiosa es el asunto del trabajo. De una parte momento para la empatía:

“No deja de ser irónico que después de trabajar durante años en una consultora de temas medioambientales, sus consejos nunca hayan tenido tanta atención como cuando ha dejado de trabajar… “Es algo de lo que el movimiento ecologista también debe aprender, no basta con dar cifras”.”

De otro algo que nos temíamos, hay que trabajar menos para disminuir la huella ecológica:

“ser un HBI es “difícil de combinar con un curro a tiempo completo”. No frecuenta los supermercados convencionales.”

“”No compro productos congelados ni procesados, así que cada dos días tengo que ir a comprar leche, pan… Eso lleva tiempo”. Los pocos envases que acumula se reutilizan para hacer la compra o poner el almuerzo de sus hijos. Van a la escuela en Gante, donde muchos centros han prohibido el papel de aluminio o de plástico para envolver comida.”

Como no podría ser de otra manera, y a pesar de que nos lo intenten vender como ejemplo a seguir, alguno se pregunta si el experimento del Hombre de Bajo Impacto es sotenible a largo plazo:

“¿Qué pasará en mayo, cuando el experimento llegue a su fin? “Pienso mucho en eso. Creo que, siendo menos estricto, seguiré haciéndolo casi todo, porque no hay nada que eche terriblemente de menos”. Quizás alguna ducha. O comprar el periódico. “Si logro aislar el tejado o poner un calentador solar, igual puedo permitirme algún lujo…”. Ser un hombre de bajo impacto no sólo es bueno para el planeta, sostiene: “El que más gana con la vida de bajo impacto soy yo. Es más sano, más barato, mas tranquilo, mejor”.”

Si te interesa el tema, aquí tienes un par de enlaces:

este para calcular tu huella ecológica
este para conocer los retos a los que nos enfrentamos con el cambio global

13 enero 2009

Internet y la huella ecológica.

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La blogosfera está revolucionada con las noticias sobre las emisiones de gases de efecto invernadero que puede originar el uso de Internet. La polémica parece centrarse en los gramos de dióxido de carbono (CO2) que emitimos cuando utilizamos un buscador de contenidos en la web. Podría haber recurrido a un sostenible silencio, pero no voy a perder la oportunidad de enrollarme sobre el tema y, con la excusa, hablar un poco de huella ecológica y de análisis de ciclo de vida.

Lo bueno de observar desde la barrera y llegar a estas alturas del debate es que puedo traer posiciones que van desde la sorpresa ante el revuelo causado hasta la respuesta de las partes interesadas.

Me gusta la reflexión de Julen porque se centra en el fondo de la cuestión (tampoco puedo obviar que, para mi, el valor añadido de la reflexión de Julen es que, hasta donde llega mi conocimiento, él no vende libros relacionados con el impacto ambiental de la web, no gana dinero con una herramienta para calcular estadísticas sobre las emisiones de efecto invernadero ni su blog está patrocionado por fabricantes de cacharrería molona):

“Detrás de los datos, hay una cuestión sobre la que quiero hacer hincapié, una vez más: el consumo como seña de identidad de esta sociedad en la que vivimos. La supuesta economía de la abundancia del primer mundo podemos simplificarla en dos planos: el de los productos físicos y el de la información, esta última sobre todo en soporte digital. Ambas parecen necesitar muy diferente cantidad de energía “física” para hacerse presentes. Los elementos físicos necesitan de instalaciones donde se elaboren, se controlen y luego se transporten a allí donde hace falta.”

Estoy convencido de que, al menos en parte, los problemas a los que nos enfrentamos en este 2009 tienen su origen en la miopía con la que hemos tratado los recursos finitos del mundo físico en el que vivimos. Me han venido a la mente aquellos artículos que, hace unos años, daban titulares de prensa del estilo “los niños de hoy creen que los pollos se crían en la nevera“. Virtualmente podríamos inyectar liquidez infinita al sistema (alguien intentón convencerme de esto en fechas recientes), pero en la práctica, en algún momento, nos quedaríamos sin materias primas para dar soporte a los billetes, la tinta o la energía necesaria para mover la máquina de hacer dinero.

Efectivamente, que alguien llegue a leer esta entrada implica que he estado un rato sentado delante de un ordenador encendido, que he utilizado una conexión a internet para publicarla, que se almacenará en un servidor… un montón de recursos físicos que no se están empleado en otras cosas. Podemos medirlo en toneladas de materias primas y CO2 emitido, pero no sólo. Alguien tiene que estar explotando las minas de las que salen esos recursos físicos, posiblemente por un sueldo que no le dará acceso a la tecnología que nos permite estar aquí hablando del tema. Porque para que yo pueda estar en Madrid tecleando alguien tiene que traerme a la ciudad alimentos, agua potable, la energía…

Para ilustrar el asunto, hace ya más de una década, Mathis Wackernagel y William Rees, le daban forma al indicador que conocemos como huella ecológica y que nos permite tener una aproximación del coste que implica nuestro modo de vida. El invento resume, de forma bastante gráfica, cuantos planetas como el nuestro serían necesarios si todos los habitantes de La Tierra llevasen nuestro ritmo de vida. Si te interesa el tema también se pusieron de moda la huella de carbono y, más recientemente, la huella hídrica.

Sin olvidar el valor didáctico de este indicador, conviene recordar que sólo tenemos un planeta y que el exceso de consumo de unos, en el presente, es a costa de otros y del futuro. Podemos discutir agriamente sobre si el cambio climático es o no una realidad probada científicamente. Que en caso de que se estuviese produciendo nos lleve a un calentamiento global o a una glaciación. Incluso si es de origen antrópico o no. Pero la clave del problema es otra: vivimos en un planeta finito de recursos materiales limitados y con una distribución de los recursos bastante injusta con desigualdades cada vez menos sostenibles.

En un sistema de consumo es importante contar con información sobre el impacto de lo que el mercado nos ofrece. Para ello podemos utilizar el ciclo de vida: evaluar todos los impactos, directos e indirectos, que generan los productos y servicios desde su diseño hasta el final de su vida útil. Desde este punto podríamos internalizar los costes ambientales en los procesos productivos, de modo que sean los propios agentes que participan en el mercado, convenientemente informados, los que ayuden a reducir la huella ecológica. En nuestro contexto económico, esto se ha plasmado en lo que se conoce como la política de productos integrada.

El reto es actuar y disponemos de herramientas. Pero siempre es más cómodo echar la culpa al la sociedad, el sistema o al estado olvidando, claro está, que cada uno de nosotros somos piezas indispensables de la sociedad, movemos el sistema con nuestras decisiones y legitimamos las actuaciones del Estado con nuestro silencio.

Sobre los datos no me pronuncio, no conozco con el detalle suficiente la metodología con la que se ha realizado el polémico estudio. Pero si una búqueda causa las mismas emisiones de gases de efecto invernadero que calentar agua para una infusión… de perder la tarde en el feisbu…, mejor no hablamos…

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