Yo estaba becado por FIDA en un curso de verano. Se seguía con interés la evolución del incendio y sabíamos que había víctimas mortales por las que guardamos un minuto de silencio. Todavía no conocíamos su identidad. Poco después se confirmaría la sospecha: el incendio había segado la vida de algún conocido. Un compañero de la facultad. Julio y yo habíamos coincidido en algunas ocasiones. Como aquella entrevista en el despacho de Rosario Arévalo.
Los cargos políticos se recolocan con facilidad y los técnicos no dejan de ser esclavos de lo que hicieron mal otros, incluso cuando intentan echarle la culpa al retén de su propia suerte. ¿Dimisiones? Para que se hiciese justicia tendríamos que profundizar en décadas de gestión forestal deficiente. Tendríamos que revisar el poder de empresas con la capacidad hacer las leyes a la medida de sus clientes. Organizaciones que cuentan con una cantidad de puestos de trabajo que permite comprar la voluntad de colectivos profesionales. Y que disponen de recursos que silencian pueblos enteros. Habría que analizar una gestión y organización de trabajo tan deficientes que permiten errores imposibles.
Para hablar de justicia tendríamos que devolverle la dignidad a habitantes, hijos y nietos de comarcas que han sido despojadas de su territorio e identidad a golpe de medida compensatoria. Para que se hiciese justicia habría que dar voz a todos los que estaban allí aquellos días. Y aquellas noches. No a los 11 que se fueron, esos ya no pueden hablar. A los que, a pesar de todo, no les acompañaron.
A Julio se lo llevaron las llamas en Guadalajara. Unas llamas que deberían habernos iluminado el camino para luchar contra el clientelismo y el servilismo. El fuego asusta, da miedo, paraliza y hace callar. Tal vez se no consiga justicia. Pero podemos mantener vivo el recuerdo. Y no olvidar.
Se me ocurre una interesante cantidad de situaciones en las que no puedes acceder al

