A pesar de que la entrada del otoño se añade a la lista de excusas para no ir en bici al trabajo, no quiero dejar que el sillín vuelva a acumular polvo. Sobre todo después de los ánimos recibidos.
Tenía acumulada en casa una cierta cantidad de chatarra electrónica… un montón de chismes que habían dejado de cumplir su función. Para la mayoría, destornillador en mano, había conseguido disipar cualquier esperanza de que pudieran volver a ser útiles, así que los he metido en una mochila y me he acercado al punto limpio a tirarlos.
La experiencia ha sido buena y he aprovechado para pedalear un poco más cuando me he deshecho de la carga. El exceso de confianza ha hecho que me pillase el chaparrón que asomaba tras las Torres de Mordor, pero bueno…

En condiciones normales es posible que esta mañana hubiese ido de excursión y por la noche de museos. El día lo pide. No ha podido ser. Me apunté a un curso que me tendrá ocupado las tardes de los viernes y las mañanas de los sábados de las próximas semanas. Lo malo es que después del madrugón el profesor hoy no se ha presentado y nos han mandado para casita. En el camino de vuelta me he tropezado con esto:

Ella estaba fotografiando el cartel que tiene a su espalda, lo que me ha recordado que yo tenía mi cámara a mano y… este es el resultado. Eso también me ha recordado que llevo un montón de tiempo planteándome la posibilidad ir a trabajar en bicicleta, desde aquella temporada en la que compartía jornada con un compañero que se desplazaba en bici habitualmente. Todavía no había probado a recorrer la distancia desde donde vivo al centro de trabajo. Así que hoy (día mundial sin coches, sábado de la semana de la movilidad sostenible y último día de la Vuelta Ciclista a España), he bajado al trastero, he inflado las ruedas, he limpiado el polvo que empezaba a acumularse en el sillín y me he puesto manos a la obra.
La verdad es que no me imagino un mundo sin coches. Tampoco me he planteado si sería deseable. Lo que si tengo claro es que hay formas de moverse que no implican quemar petróleo y/o que podrían emitir menos contaminantes atmosféricos que los coches propulsados con gasolina o combustible diésel.
El experimento me ha llevado a sacar algunas conclusiones:
- A pesar de mi bajo estado de forma, he tardado un tercio menos del tiempo que normalmente empleo en llegar al trabajo.
- Hace falta más respeto y evitar el conflicto entre usuarios de distintos tipos de vehículos: todos somos personas desplazándonos, no grupos enfrentados.
- La ciudad no tiene tantas cuestas como creía o no son tan duras como aparentan. El esfuerzo a invertir se puede controlar buscando rutas con distinto nivel de dificultad.
- Tengo que hacerme con una mascarilla o un filtro que disminuya la cantidad de partículas que respiro mientras monto en bicicleta. Los humos de escape son el peor enemigo del ciclista urbano.
- Necesito mejorar mi forma física antes de plantearme ir a trabajar todos los días en bicicleta, pero es algo que me estoy empezando a plantear en serio.